Juan Mireles [Diretor,Editor e Escritor Mexicano]


Juan Mireles-Escritor (Estado de México, 1984) y director editor de la revista literaria independiente Monolito (México). Ha sido publicado en la revista española Palabras Diversas. (España), Letralia (Venezuela). Cronopio (Colombia), Cuadrivio (México), Radiador Magazine (México). Cinosargo (Chile), La ira de Morfeo (Chile-Argentina); Agrupación Puerta Abierta Chile-México. Letras de parnaso (España), Nagari (EUA), Los sábados, las prostitutas madrugan mucho para estar dispuestas (España). Almiar (España). Suicidas sub 21 (Perú); suplemento cultural La Jirafa del Diario Regional de Zapotlán, Jalisco. La pluma afilada (España). Prologó el libro Job aterdio del escritor español Javier Sachez. Editorial Seleer. España. 2012. Participó con el ensayo “La violencia como producto de la sociedad” en el Segundo Encuentro de Escritores por Ciudad Juárez, simultáneo Colima. Formó parte del jurado del I Premio palabra sobre palabra de poesía.


 
Carta de Julio Cortázar a Octavio Paz: el encuentro con la inmortalidad 

Dejé la taza de té sobre la mesilla y al olvido el ardor de garganta con la que he convivido toda mi vida, abrí entusiasmado el tomo dos de Cartas1955- 1964 de Julio Cortázar (editado por la inalcanzable Alfaguara –hablando en pesos).

El tomo uno descansaba exhausto en el librero después de haberlo hecho mío por un par de días. Allí Cortázar sigue siendo joven: profesor normal, catedrático, hombre de viajes por el interior de la Argentina, de dolores por la pérdida de amigos queridos; risas, misivas llenas de humor; poemas, lecturas; Presencia y su seudónimo Julio Denis. Cocó. La otra orilla, El examen. Su tan querido Keats al que le dedicaba muchas horas y del que tanto hablaba. Su tan citado Rilke; aquellas primeras apariciones importantes en Sur. Besteario; el descubrimiento de los divertidos Cronopios y hasta una carta del fantasma de su padre pidiéndole que firmara en el futuro como Julio Florencio Cortázar y no como Julio Cortázar ya que podrían confundirlo con él (o sea su padre).  En fin. Tantas cosas que le siguen ocurriendo al gran cronopio en ese primer tomo y que me dio la oportunidad de vivir un poco con él, cosa que me parece un gran privilegio.

Con Cortázar estuve en Paris gracias a sus Cartas a los Jonquiéres y ahora cual polizón regreso, escondido en su máquina de escribir, para ver trabajar al que tengo como uno de los grandes escritores latinoamericanos (y del mundo). De intruso, ahí, husmeé un poco para encontrar una de las cartas que con mucha emoción esperaba encontrar -ya el 20 de septiembre de 1954 me había latido el corazón al ver la carta dirigida a Juan José Arreola (otro monstruo del cuento): equinoccio de cronopios: encuentro de dos mundos. No sentí lo mismo al ver la carta respetuosísima que le dirigió a Alfonso Reyes, otro grande pero que me es lejano- entre tantas y fue entonces que apareció el sobre que tanto había esperado. Juro que revisé los destinatarios de aquellas cartas apiladas en un rincón de la estancia y no encontré ninguna dirigida a Octavio Paz (tenía que estar, debía estar, los contemporáneos se habían leído antes, y la admiración era mutua, la carta existía sin duda), sin embargo; ahora sé que mi vista ocultó esa misiva, pues mis ojos advirtieron que al topármela de frente, y con la previa de saber que no estaría, me llenaría de júbilo. Así, después de numerosas cartas vi:

“A Octavio Paz/ París, 31 de julio de 1956/ Mi querido Octavio”.

Cerré el libro; fui por otra taza de té de azahares, que es lo único que mantiene apaciguados a los otros (¿o solo es uno?), y regresé para leer la carta. Mi mayor sorpresa fue descubrir el tema de ésta: El arco y la lira de Octavio Paz: una de las más grandes obras metafísicas-filosóficas-poéticas-ensayísticas de la literatura en lengua castellana. Cortázar, entusiasmado, se desdobló en elogios. Colocó su obra junto a las de otros nombres como Shelley, Keats y Mallarme. Dijo de El arco y la lira: “[es] el mejor ensayo (y la palabra es chica) sobre poética que se haya escrito en América” y termina con “este libro reduce los demás trabajos paralelos a meras monografías”. Cortázar ya, de tiempo atrás, reconocía al “muchacho Paz” como un gran poeta, pero todavía no le abría la puerta a lo etéreo, a la inmortalidad, sin embargo; con esas palabras escritas en esa carta sacó indudablemente a Paz de la línea del tiempo y fue entonces que lo inmortalizó, como un bautismo que el mismo Cortázar recibiría años más tarde con Rayuela.

Leer a dos inmortales justifica un sinnúmero de horas dedicadas a sus obras: digresiones, pensamientos, textos, parte de ideologías que se entregan a tales obras a manera de sacrificio, porque es cuando dejas de ser cuerpo y regresas a lo verdaderamente real; eso que ocurre solamente al terminar de leer la obra de algún eterno.

Tal encuentro epistolar de dos hombres que escribieron acerca de ese otro lado y que terminaron por conseguirlo, fueron capaces de resumir la inmortalidad en una cara escrita en 1956 que, aunque el texto fue escrito por una sola pluma mecanizada,  termina por ser un diálogo.

Bibliografía.

Cartas 2. 1955 - 1964, Alfaguara, 2012, Julio Cortázar.


De amores 

Me sabes a tu lado, ¿no? ¿Hueles la loción? ¿Cómo no olerla?, si llenaste la tina con esa porquería; ahí, flotaban las botellitas… Exageras, mujer, ni aquí tus reclamos encuentran la paz. ¿Y qué paz? No me vengas con eso, viejo derretido. ¡Ah! ¡Calla, trapo deshilachado! A mí no me dices trapo deshilachado, ¡faltaba más!, pensé que por fin iba a descansar de ti, no verte más, ¿no es eso lo que prometían? Y qué se yo lo que prometían. El padre de la iglesia de San Agustín, esa que quedaba a unas calles de la casa, siempre decía que en el paraíso encontraríamos la paz y que ahí nos reuniríamos con nuestros seres queridos, pero claro, como nunca te dignaste a ir, ¡ni un domingo! ¡Bah! Tonterías, mujer. Ya veo que sí fueron puras tonterías, porque de “seres queridos nada”. Siempre quejándote, yo no sé cómo puedes vivir así. ¿Así cómo? Pues así toda amargada, energúmeno… ¿Amargada? ¡¿Energúmeno?! Ahora me insultas, claro, te has vivido insultándome. Es que, mujer, ponte en mis zapatos, eres muy difícil. No me quedan tus zapatos hediondos, y líbreme el señor, ¡si es que existe, porque mira que sigo esperándolo aquí a ver a qué hora se digna en venir por mí!, el ser tú. Ya, mujer, ya. Yo esperaba ángeles con sus alas blancas saltando entre nube y nube, con querubines danzando por ahí; ancianitos lindos con sus barbitas blancas tocando arpas y angelitas con sus trompetas de oro endulzando mis oídos para sentir esa paz del paraíso, pero, ve, lo único que escucho es tu voz salida de una botella de aguardiente que en vez de sentir paz, siento ganas de volverme a morir: es el infierno, oh, Dios mío –ella llora tierra seca-, he pecado, ¡te he fallado!, por eso estoy aquí en el infierno…, y mi penitencia es seguir soportando a mi marido. ¡Vieja chillona!, infierno es el mío, por no ir a misa Dios me castigó, y por eso me tiene aquí en este mismo hoyo. Tumba. Hoyo o tumba para el caso es lo mismo, ¡ay, qué hice mal! ¡Dios mío, perdóname por no haber creído en ti! De nada te sirve ya tu arrepentimiento, Alfonso, ya estás muerto, igual que yo, pero con la diferencia que yo sé que Dios vendrá por mí, no que tú…, te quedarás solo en esta tumba. Ay, ay, me pica los ojos la tierra, mujer, ¡que se cuela la tierra de mi lado! A ver si así ya te callas. ¡Inhumana! ¡Miope! ¡Víbora! ¡Alacrán! ¡Cuánto tiempo más tengo que soportarte! Es lo que quisiera saber, ¡Dios mío, recógeme ya! ¡Y no te olvides de mí! Alfonso, cállate, que si Dios te escucha te juro que me vuelvo a morir. No, hierba mala nunca muere, bueno fuera que sí. Mira, rata, ya me estás cansando, lástima que no tengo la plancha bufando vapores para aventártela en la cabeza para que de una vez terminen de caer esos pelos tiesos que te cuelga, ahí, todos grasosos, qué asco. ¡Já! Ahora resulta que te doy asco, vieja guanga, te voy a traer un espejo para que veas en lo que te has convertido, bueno, tampoco has cambiado mucho, como que ya de unos años para acá parecías una mendiga momia. Bien decía mi madre que no me casara contigo, que me darías puras penas, que nuestros hijos crecerían bajo el cobijo de un padre borracho, holgazán, infiel. ¡Tu madre era una bruja! Cállate, infeliz, respeta a mi madre aunque no esté ya entre nosotros: ella ya está a un costado de Dios. Estaba, porque seguro le dio una patada y la regresó a la tierra, ha de ser ahora un reptil. No insultes a mi madre –Antonia limpiaba la tierra que salía de las cuencas donde antes habitaron ojos-. Mujer, qué necesidad de seguir pelando, ven, abrázame mejor –Antonia movió sus huesos hasta quedar encima de Alfonso-. Tienes razón, mi viejito, después de todo hasta aquí en la muerte seguimos juntos. Por algo será, ¿no? Por amor. ¡O por las ganotas que nos traemos! Estate, Alfonso. Ah, y quién nos va a ver aquí metidos. No se te quita lo lujurioso ni porque tu cosa esa se te cayó hace mucho tiempo. 


La efigie negra 

Es mediodía, el intenso sol me dibuja sobre el escritorio, a lo lejos oigo a la ciudad bullir. Enseguida, por el pasillo, escucho sus pasos.

Entre tanto recordé a la negra, esa figura de madera que había estado conmigo tantos años: era mi compañera, la distinguida invitada, con la que me desahogaba en mis madrugadas. La negra llevaba consigo una falda de tela café que caía a ritmo del Son cubano hasta sus tobillos tan caribeños. Sus brazos refugiados detrás de su espalda daban un aire pecaminoso, como esperándome en la travesura mental, allí, donde habita el gozo. Su cabellera aventajada caía en cascada chocando contra sus hombros. En su cuello, adornaba un ligero collar de hojas cristalizadas que con la luz pareciese dar un color morado, y a todo ello esa estilizada cara que decía tanto.
Mis días eran largos, lo suficiente para imaginar la mayor parte de él; viajarme para que las horas pasaran ágiles y aquello no fuera tan tortuoso. Hubo días en que lo conseguía, otros no. Siempre fui un solitario, un alma en pena, un muerto que estaba vivo. Y no es que me quisiera así: lo odiaba. Muchas veces salía a caminar por las noches, imaginando que a la luz de las farolas, al doblar una esquina, encontraría al amor de mi vida; mas nunca pude hallarla: terminaba con una botella de whisky, como hipnotizado frente a la efigie femenina.
Aquella mujer de madera poco a poco se fue ganando mi confianza: le platicaba lo poco que había hecho en el día: atender mi pequeño negocio de miscelánea. Cuando regresaba cansado de estar haciendo lo mismo durante 12 horas, echaba el cuerpo en el largo sillón a descansar, fumar un poco y tomar un tanto más de Johnnie Walker; la televisión no era opción para mí, me aburría sobremanera. Todo lo que hacía era hablar con esa pequeña figura de madera, imitando de propia voz el diálogo, para no sentirme tan desdichado; entonces me engañaba, hacía como si escuchase la negra: la llamaba negra.
Después de tanto hablarle, una noche, puedo jurar que me respondió, fue casi un murmullo que bien pudo estar mezclado con mis ganas por querer que un día me respondiera más el alcohol que inundaba mis venas. No estoy muy seguro pero debieron haber pasado un par de semanas cuando la negra, en una de las tristes y solitarias madrugadas cuando ni la luna era capaz de asomarse, caminó… No es que sus espigadas piernas se hubiesen movido, fue como si diese saltos, casi imperceptibles, de un lado a otro, que no duraron más de tres segundos. Me incorporé de mi asiento completamente alterado, blanco del rostro como si la vida me hubiese sido arrancada y entonces desmayé, caí redondo contra la mesa. Al despertar, el rostro de la negra rozaba el vértice de mi nariz; pero el remolino neuronal hizo que corriera desesperado a buscar alivio al cuerpo.

De ahí, entre pasajeras noches, más cosas raras sucedían: de pronto, en la madurez de la oscuridad, la figura de la negra azotaba contra el piso alfombrado sin razón aparente, como si ella se empujase al vacío en la búsqueda de romper el cascarón: escapar de su encierro. En otras noches, cuando el sueño estaba a punto de engullirme, escuchaba el llanto de una dama en la lejanía, mas me era imposible despertar, fuerzas extrañas lo impedían. Así fue, hasta que un día, seguro estaba que la negra podía tener una parte viva, armado de valor, y con las ganas de que fuese carne y no madera intenté hablarle; pretendí que la negra me escuchaba, otra vez pero con más fe, y en ocasiones, que no fueron pocas, ¡hasta imaginaba que se reía de mis decires! Cuánta risa nerviosa solté esa noche y las que vinieron después que, entre cigarrillo y otro, como un cenizo oyente que sabe que debe disfrutar su humo al máximo pues tiene más vida la mosca que su hoja, esperaba que la negra me contestase. Esforzaba a la imaginación a darle efecto animado a esa pieza de arte cubano. Por semanas esforcé a la imaginación para inyectarle un poco de mí, hasta que una noche de octubre, la negra despertó.

Recuerdo que nos era imposible aguantar los deseos por acercarnos y tocarnos; primero ella –risueña, alegre- me tomaba de la mano, con ese pincel que tenía por dedos, iba formando al dejado que era yo. De abajo hacia arriba, me dibujaba a su antojo; así siguió hasta llegar al cuello que en cada pincelada lo alargaba. Sus labios, las carnosas ondulaciones marrones cada vez más cerca de los míos, invitaban a recargarme en el amplísimo sillón donde fácilmente cabíamos los dos cuán largos éramos.-Así noche tras noche corría exasperado a casa para verla, olvidando el hambre, soslayando a la ciudad, lo único que ansiaba era estar con ella; pues cada noche iba siendo más humana.

Su respiración en pausas, como si le costara respirar mi aire, le picaba su recién creada garganta y a sus moceados pulmones parecía costarles entrar en ritmo. “Vamos”, me dijo, casi callada, apenas un hálito de palabra, una fina palabra desvanecida cual hoja en otoño que yacía ya sobre mis hombros, y es que la escuché tan suave que cerré los ojos medrosamente, esperando que ella se completase, terminara su transformación y con ello completara a este pobre que la ama.

Noche tras noche su madera iba siendo piel, sus pechos dejaron su rigidez, así como sus piernas se deshicieron de su pegamento que las mantenía unidas. Luego dijo “ya casi”, casi en mis labios dijo la negra, pues los suyos estaban a milímetros de los míos, su olor a mujer y no a madera, como noches atrás, provocó que quisiera abrir los ojos para verla, darme cuenta que era casi mujer, mas la negra con una delicadeza tal, en un acto de humanidad, cubrió con la palma de su mano la curiosa vista que hube lanzado para encontrarla entre la penumbra. “Ya casi” musitó. Sentí sus labios convulsos enmarañándose con los míos que poco a poco los podía sentir ajenos, acartonados, y mi lengua tiesa impidió decirle que se detuviera un momento para poder admirarla: imposible. Ella se levantó: era tan hermosa, tan gigante a mis ojos: una dama espigada, ya no figura, ya no madera, sino piel morena de brazos largos delicados, muslos anchos, pechos firmes y caderas amplias: la misma bella mujer que por muchas noches imaginé al tiempo que la veía capturada en esa forma decorativa.

Sus ojos los abrió una vez estuvo completada, y al instante dijo “gracias” con su orgánica voz. Se acercó con un besó listo para pegarse en mi barnizada frente. En ese instante pensé en el milagro, en esa majestuosa mujer que ya veía de abajo hacia arriba. Di gracias en mi pensamiento porque por fin dejaría de estar solo, ¡ya no más esta maldita soledad!, y apresuradamente quise levantarme para aprisionarla y hacerla mía en esa alargada noche: no pude, fui incapaz de moverme: la vi alejarse poco a poco, en dirección a la recámara; la traté de seguir con astillados ojos hasta que me avasalló un sueño obtuso al que fui arrastrado vehementemente.

Y aquí está Celia, se llama Celia, lo sé porque su marido no para de decir su nombre, y parece acentuar su amor hacia ella cuando estoy cerca; como si tuviese celos de mí; entonces le pregunta qué tanto me ve y por qué parece que aquella figura de madera que sostiene en sus manos la hipnotiza. Pero la negra no responde, calla: solamente se limita a acariciarme, a tocarme y me inunda todo con su mirada, y me toca y sigue y sigue…


Vidas Privadas 

Hagamos un ejercicio, ¿te parece? Y aunque no, de igual forma ya inicié. ¿Qué? Ni yo lo sé. Resbalo sobre lo blanco, como en el hielo, pero nada de pista de hielo, o sea, no sé patinar. Es aventarse, de panza, si quieres, pero te deslizas y no sabes a dónde vas a ir a parar, mas paras; que ni qué. Te digo. Entonces, ya embarrado de lo blanco de la hoja no hay vuelta atrás. Palabrería dices, un poco y qué, igual sigues como yo lo hago, para encontrar ese final que reposa entre las líneas, como esperando a ver a qué hora el miope que escribe lo vea, ¿no? Pues igual y está, es decir: soy optimista y debo serlo porque mira que sigo en el lienzo, escribiendo. Pienso, no tanto. Me desespero, poco. Igual no hay nada… ¿o, sí? Qué extraña manera de encasillar ese “¿o, sí?”. Ve, esa “o” y la coma y el “sí”, no checa, ¿no? Está como raro, sí, me parece que no debería ir así, ¿o, sí? No importa. Bueno, ten en cuenta que me has obligado a escribir, te dije que no tenía ganas de hacerlo hoy, es más, llevo una semana sin ver historias en mi cabeza, excepto la nuestra que no se escribe. Te lo juro. Tú, ¿juras? Dicen que no se debe jurar en vano… ¡Ja! Afortunadamente soy ateo gracias a Dios, ¿ves? Está bien, sigo, tampoco es para que te pongas así. Si acaso ves la historia no dudes en hablar, eh, decirme: “mira, ahí está”. Y yo: “¡¿Qué?!”.  Y dices: “La historia corre que se va…”. Pero entonces no entendería, o sea, así como lo dijiste porque ve: si dices “la historia corre que se va” es que la historia está corriendo y se está yendo, ¿ok? Sin embargo; si lo que quieres decir es que yo corra porque la historia se esta yendo, pues reconsidera en armar tu oración de diferente forma, ¿estamos? No te regaño, no te pongas así. Te quiero aunque estés así todo pálido. Somos como hermanos, sé que si pudieras llorar lo harías, pero el agua ya me la he bebido toda. Ni hablar.

Oye, es hora, la policía no tarda en llegar: te dije que no gritaras tanto porque los vecinos se iban a escandalizar, ¡los conoces cómo son! En fin que es hora de meterte al maletero. ¿Recuerdas la falda del cerro del Chichiculiztl? Allí te gustaba pasear, pues si no sabré, si nos criaron desde chamacos. Te voy a enterrar ahí, don´t worry, bueno si me agarra la policía antes es por tu culpa, y ya no me hago responsable de tu cuerpo. Bueno, vente, ya te quito de la silla que te me vas a caer. Vámonos, ¡uf! sí pesas, caray, ¿pues no que cuando dejan este mundo pesan menos? Ya está, aquí, sobre mi hombro no te caes, tranquilo, pero no hay que abandonar la prisa que las sirenas se escuchan cada vez más cerca ¿ok? Andando.




Juan Mireles
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1 comentários:

betty badaui disse...

Todo el material es sumamente interesante y ameno.
Betty Badaui