La historia, ese asunto de familia [Mauro Libertella]

La historia, ese asunto de familia

Entrevista. Rafael Gumucio, escritor chileno y participante activo de la vida mediática de su país, presenta un nuevo libro. 


"Para Rafael Gumucio la historia de Chile es una cuestión personal. O más bien un asunto de familia”, escribió el crítico español Ignacio Echevarría y la sentencia en este caso es exacta. Es posible que ningún escritor de su generación pueda disputarle a Gumucio el lugar que se fue urdiendo, ese de observador implacable de la sociedad chilena, de sociólogo instantáneo, de humorista melancólico. Pero vayamos de a poco. ¿Quién es Rafael Gumucio

Nacido en Santiago en 1970, se fue de muy chico a París arrastrado por un exilio familiar. Sus primeros recuerdos, entonces, son de Francia. “Mi padre se fue convirtiendo de algún modo en Francia, y por eso para mí Francia es como un país paternal, al que yo detesto, con el que tengo una relación muy envenenada pero por el que iría a pelear a una guerra. Lo detesto con toda mi alma pero todo lo que aprendí es de ahí”, dice ahora, tomando un café en un bar del barrio de Providencia de Santiago. Esos años franceses los narró en Memorias prematuras , el libro con el que se consagró como escritor, un libro breve de 1999 que se anticipó, un poco por diseño y un poco por azar, a toda la movida de las “escrituras del yo” que coparon las letras hispanoamericanas en los últimos años. 

Memorias prematuras no era su primer libro. Cuatro años antes había publicado Invierno en la torre y la crítica de su país lo había destrozado meticulosamente. “Lo presenté y partí de viaje. Estaba yo en Londres, en la casa de una amiga. Llamo a mi mamá y le digo ‘siento que mi lugar está en Chile, que la gente me quiere, que estoy bien allá, viajar a Europa me ha hecho sentir lo apreciado que soy’. Mi mamá me dice ‘no, no te quieren tanto, viaja, alárgalo si quieres, lo más que puedas, sigue ahí, pásalo bien’. Cuando llego, bajo del avión y mi mamá me da en el estacionamiento la crítica, estamos hablando de un país donde la literatura tenía cierto peso, cierta importancia y la crítica te consagraba o te destruía. Además era la crítica que después repetían todos, con distintos nombres. Era una condena que se iba prolongando en el tiempo”, recuerda ahora, un poco entre risas, con la perspectiva que aporta el tiempo y la convicción de que el sistema literario chileno ha cambiado. Pero Memorias prematuras fue la redención, donde ahora sí pasó a ser un “escritor respetado”. Ese libro le abrió puertas y lo decidió a seguir escribiendo. 

Pero Rafael Gumucio no se dedica únicamente a escribir. Adicto a los medios y a la intervención directa, circuló por distintos diarios, radios y canales de televisión, y fue y sigue siendo una cara emblemática de cierta cultura mediática chilena. Entre sus hits, esos que siempre se recuerdan en contratapas, solapas y wikipedias, están la participación en el programa Plan Z (una especie de Chá Chá Chá trasandino, para usar la comparación más obvia; un programa de humor absurdo con tendencia a lo zarpado) y haber estado en el grupo fundador de The Clinic, un semanario que desencapsuló muchos de los tabúes de una sociedad largamente atenazada por el pinochetismo. “Tiene cosas de un machismo, un sexismo, un homofobismo y un nivel de salvajada que hay pocos lugares en el mundo donde se puede vender una portada como las que hacíamos en The Clinic. Algunas eran una clara bofetada en el rostro. Lo que nos daba el permiso era justamente esta historia, esta falsa democracia, la falta de acuerdos reales, sustanciales. La sociedad nos pidió un periódico loco. Estéticamente me ayudó mucho, la sensación de que algo palpitante estaba flotando en la calle siempre la tuve”, dice Gumucio.

Manteniendo siempre el pulso de sus “dos facetas”, Gumucio no dejó de escribir ni una semana en los diarios, no dejó de ir ni un solo día a su programa, no rechazó invitación para pasearse por los livings de los programas de la tarde para opinar sobre los temas más variados, y al mismo tiempo escribió varios libros. 

La deuda , que llegó a Argentina en edición de Mondadori, lo empezó a escribir en Nueva York, donde vivió durante algunos meses, y también generó lecturas duras y apasionadas. Lo que pasó es lo siguiente: “Yo estuve 3, 4 años fuera de Chile, pero venía muchas veces y estuve un año sin poder venir a Chile y en el fondo yo creía que comprendía perfectamente la sociedad chilena porque no había roto mi vínculo con ella. Entonces, muchos de los temas de los que habla la novela son del mundo de Chile cuando yo me fui, año 2001, 2002 y el tema de 2001, 2002, nunca abordado por nadie, es el neoliberalismo vivido en la centroizquierda o la izquierda cultural. Cómo se vive eso desde la perspectiva de los que son parte del neoliberalismo, lo gozan, lo disfrutan, pero nunca firmaron el contrato. Era un problema acuciante y ríspido en 2001. Entonces en 2009, cuando llegué a Chile, me dijeron: ‘cuál es el problema, no hay conflicto ya’”. Mayor unanimidad suscitó, en cambio, Los platos rotos: historia personal de Chile , de 2003, que fue reeditado el año pasado en una preciosa edición de Hueders. Ese libro se abre con un prólogo exquisito, que es una carta del propio Gumucio a Nicanor Parra. Ahí escribió: “Soy de una generación de chilenos que no tuvo derecho a la parodia sangrante ni a rastros de esos símbolos o instituciones: colegios intervenidos por milicos, universidades arruinadas en las que no iban a clase ni las ratas, editoriales miedosas, diarios de mierda, poetas que se quemaban la cara o se abrían las venas por temor a que los escuchasen, escritores que no se atrevían ni a pronunciar frases completas, para no molestar… Por eso puedo escribir esta historia de Chile”

El nuevo libro de Gumucio vuelve, en cierto modo, sobre el esqueleto de las Memorias prematuras y está siendo un boom de culto en su país. Tiene un título directísimo, anti literario en cierto modo: Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones Universidad Diego Portales). Estructurado sobre capítulos breves, siempre intensos, tiene eso que sólo se consigue naturalmente y que define la fortuna o la desgracia cuando se escribe sobre una persona real: la distancia justa. “Mi abuela era una mujer de clase alta, liberal, también, siguiendo a mi abuelo, con el que tenía una relación rara porque eran dos personas que no tenían nada que ver entre sí. Rompió con su clase pero no rompió con sus costumbres. Siguió siendo clasista, aristocratizante y proustiana y sin embargo fue de izquierda todo lo que pudo ser. Nosotros pertenecimos a un clan totalmente aparte, pequeño: esa clase alta chilena que no tiene ninguna relación con la tierra ni con la industria ni con el dinero, sólo con libros y cosas simbólicas”, rememora Gumucio desde el café Flaubert de Santiago y agrega: “Mis abuelos eran básicamente personas que no debían haber engendrado; eran personas muy distintas, muy raras, y que se dedicaron los dos a sus carreras y sus vidas. Mis padres salieron de esa mezcla, con una sensación muy clara de ser dueños del mundo, de ser dueños de Chile, y al mismo tiempo no tener ni un peso ni ningún poder. Eso los transformó en seres frágiles, dañados, complejos”.

Esa historia familiar, que es también la historia de Chile, es la que cuenta el escritor, una y otra vez, en sus libros. No es una obsesión: es lo que tiene mano, es lo que le tocó, pero es también lo que quisieron hacer de él, porque en Mi abuela, Marta Rivas González Gumucio deja bien en claro que el es el escritor que su abuela quiso que fuera. Familia de lectores, familia de intelectuales, Rafael Gumucio, el sexto de la serie con ese nombre y ese apellido, es el que en cierto modo culmina la historia familiar porque la ejecuta literariamente y le confiere, así, una suerte de clausura y una vida póstuma. En algún momento de esa larga charla en el café de la capital chilena, Gumucio baja el tono y se pone a hablar de su padre: “Yo de algún modo soy el escritor que él no fue nunca. Y también es complejo, porque yo sólo escribo sobre eso: sobre mi papá, sobre mi abuela, sobre mi mamá. Alguna vez estaba en un cumpleaños de mi mamá y ella me dijo: ‘mira, ahí están todos tus personajes. Yo vivo muy apegado a este mito familiar’”. 

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