Sobre un intento fallido por resolver al ser humano y su historia [Juan Mireles]

Sobre un intento fallido por resolver al ser humano y su historia

Hace algunas semanas leí el libro De animales a dioses: breve historia de la humanidad (Debate, 2014) del escritor israelí Yuval Noah Harari, obra que va cuestionando y teorizando acerca del origen de nuestra especie y cómo hemos evolucionado, no solamente en el aspecto mental y físico, sino en el social. Pone puntos sobre las íes en ciertos casos como la bendita característica de la que nos hemos ayudado para establecer nuestras sociedades y las distintas formas de relacionarnos dentro de éstas, y parte angular de nuestra supervivencia como especie: la imaginación. La primera mitad del libro es deslumbrante, el autor parece tener las ideas claras y las presenta con una prosa firme y coherente: va abriéndonos el camino entre la tupida vegetación social que nosotros mismo hemos creado. Invita a seguirlo porque parece que él es la verdad (y es la “verdad” por la firmeza que hay dentro de cada una de sus palabras). Que nos va a develar los secretos más profundos de la historia humana. Del comportamiento del hombre. La psiquis del Homo sapiens. Parece que nos va a ofrecer una perspectiva fresca sobre la historia de la humanidad, digna del siglo XXI. Sin embargo, 250 páginas después, la ilusión se evapora, porque tropieza con sus propios fantasmas, ahí, nos hace partícipes de su propia lucha, de sus innumerables si y no que van surgiendo en los sucesivos capítulos en los que aborda temas apoyándose en hechos científicos. De esta forma, el autor, de pronto, olvida al lector, y es cuando se enfrasca en una admiración chocante hacía todo lo que huela a ciencia –desvía el rumbo-. No solamente pierde la línea de su obra al pasar de ideas bien estructuradas y teorías lucidas, a afirmaciones y sentencias lapidarias dignas de un cruzado científico (sin que el autor pertenezca a ese círculo, y es ahí, donde fanatiza su obra), sino que por esta razón, cae en la desgracia de generalizar, y de dar datos erróneos y apegados a estereotipos trasnochados como decir (voy a parafrasear) que los ricos, las clases altas, comen solamente productos bajos en grasas, o aventarse la ocurrencia de afirmar que, gracias a los avances científicos en el terreno alimenticio, prácticamente ya nadie se muere de hambre. Ya no hay hambruna en el mundo, ¿la prueba según el autor?: el grave problema de salud a nivel mundial que representa en la actualidad la obesidad. Obvio, en un mundo de gordos, no hay hambre, ¡por supuesto! Así, te puedes ir topando con este tipo de ideas al transcurrir la segunda mitad del libro. En todo caso, si la obra siguiera esa línea de pensamiento, como ensayo, no sería fallido, acaso, delirante y absurdo, pero no en desequilibrio; sin embargo, el autor va de un capítulo a otro con singular alegría, enfundado en una bipolaridad textual. Por ejemplo, después de determinado capítulo en el que se vuelve paladín de la ciencia, pasa a otro en el que trata de recuperarse, tal vez sin advertirlo, y vuelve al tono de la primera mitad del libro, recupera un pensamiento más mesurado, propio, desenvuelto y mucho más honesto, es cuando, evidentemente, contradice la esencia de las afirmaciones exaltadas que ha dictado en el capítulo anterior; es decir, pasa de alabar el progreso científico –sin importarle, aparentemente, los daños colaterales que impliquen cada avance- en aras del bien social (en una parte del libro se muestra muy entusiasmado porque está seguro de que los científicos lograrán hallar la receta para la inmortalidad, afirma que ya se está trabajando en ello y que, en no muchos años, el ser humano no morirá por causas naturales. Bajo ese tenor, y emocionado por ello, se avienta otra idea delirante en la que tacha básicamente de estúpidos a aquellos que siguen pensando acerca de la muerte desde un punto de vista filosófico o religioso) a criticar la forma en que son tratados los animales en las granjas industriales, donde sí, el animal pierde todo valor natural para ser solamente un producto de consumo, y mi pregunta es, ¿por qué el autor no termina por tomar una postura clara con respecto a lo que apoya o denuncia, por qué va del fervoroso apoyo al progreso científico e industrial capitalista, a la crítica a ese mismo avance que, no solo lo demuestra en estos ejemplos que acabo de mencionar, sino también en los experimentos genéticos que se están haciendo en ratas, ratones, etcétera? ¿La ciencia en favor del ser humano a pesar de los accidentes que vayan surgiendo o no? ¿La evolución a pesar de nosotros? ¿El ser humano como producto de lo intangible; es decir, de la imaginación, o de lo material, de la ciencia evolutiva, o conjunción de ambas?


El autor no termina por decantarse en favor de una u otra. Obra monumental que exigía al autor no tener fantasmas ni prejuicios ni estereotipos antes de entrarle de lleno a su escritura, así, este libro del que hablo, pudo haberse situado como una referencia, tal como lo fue (para muchos sigue siendo) el Mono desnudo de Desmond Morris, pero lamentablemente no, no será un libro que venga a dar un golpe en la mesa, un sacudón ni mucho menos. Se quedó en un intento arriesgado por resolver, desentrañar, al ser humano y su historia.

Juan Mireles  - nació en el Estado de México en el año 1984. Es escritor y director editor de la revista literaria Monolito. Ha sido publicado en una treintena de revistas y suplementos culturales en Latinoamérica, España y Estados Unidos. Mantiene una columna semanal en la revista Biografía (Brasil). Es autor de la novela Yo (el otro) Octavio. Ediciones El Viaje (2014). Guadalajara. México.

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