El escritor que sabía jugar [Raquel Garzón]
![]() |
|
Flor y cronopio, dibujados
por Elenio Pico,
para esta edición del
libro de Cortázar.
|
El escritor que sabía
jugar
Por Raquel Garzón
Mamá, ¿vos sabés qué es un
muñeco, no?”, pregunta Cata cuando me dejo llevar por cortesías, a su juicio
innecesarias, hacia su malón de peluches. Mi defensa ante sus sesudos 5 años es
siempre la misma –“¡Pero estamos jugando!”–, convencida de que el verbo
habilita una dimensión donde la imaginación manda. Con esa coartada, desde hace
algunos días leemos juntas Historias de cronopios y de famas , de Julio
Cortázar (Alfaguara). Esta edición, bellamente ilustrada por Elenio Pico,
incluye tres textos que no participaron de la versión original y se anticipa a
los festejos por el centenario del nacimiento del autor de Rayuela , que se
cumple el próximo 26 agosto.
Cortázar contó alguna vez
cómo llegaron a él los cronopios, “seres que se paseaban en el aire y eran como
globos verdes”. Fue en París, en 1952, durante el intervalo de un concierto, en
una suerte de “visión interior”. Las criaturas lo acompañaron por días. “Se
produjo una especie de disociación: no sabía lo que eran los cronopios ni
tampoco sabía cómo eran, no tenía la menor idea, pero la disociación se produjo
porque aparecieron los antagonistas de los cronopios a los que llamé famas”. A
medio camino entre ambos, el escritor imaginó a los esperanzas y a partir de
esa tríada escribió los treinta y tres relatos del proyecto original. “¿Por qué
pierdes el tiempo haciendo eso?”, le reprocharon algunos amigos. Una mirada con
la que jamás coincidió: “Sigo convencido de que no perdía el tiempo sino que
simplemente estaba buscando y a veces encontrando un nuevo enfoque para dar mi
propia intuición de la realidad.” El juego es uno de los territorios que Cortázar
conquistó para su literatura y nos regaló para siempre. De los títulos en
adelante –“Conservación de los recuerdos”, “La foto salió movida”, “La
cucharada estrecha”– estas deliciosas invenciones celebran ese espíritu que los
lectores latinoamericanos popularizaron, cuando el libro se publicó en 1962.
Leemos mi hija y yo: “Un
cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para
sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se
aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los
fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo
mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la
billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno
de azúcar…” Cuando le ofrezco un conejo esa noche, contesta Cata, cronopio al
fin: “Todos mis muñecos ya aprendieron a dormir solos.”
Fonte:

Nenhum comentário
Postar um comentário