Javier Flores Letelier [Engenheiro Telecomunicações,Gestor Cultural y Poeta Chileno ]

Javier Flores Letelier(Chile, 1982)es ingeniero en
telecomunicaciones, gestor cultural y poeta. Formó parte de la antología de cuento y poesía realizada por el sello Editorial MAGO Editores de Chile en la sección de poesía, y de la antología desarrollada por la Editorial Alea Blanca de España, con selecciones de textos del fanzine Elefante Rosa.

Ha publicado el poemario Río Salvaje, por Ediciones Osiris, y en diversos medios electrónicos tales como Palabras Malditas, Remolinos, Litterae, Cinosargo, entre otros. Ha participado con textos en instalaciones artísticas como Experimento Colector, desarrollada por el grupo Libre Configuración de España y en lecturas poéticas pertenecientes a la Feria del libro del Parque Forestal, en Santiago de Chile. 

Hoy forma parte de los proyectos colectivo artístico-cultural Río Negro y de la Revista La Ira de Morfeo, de los cuales es fundador.



El Frío de la Fe
Javier Flores Letelier



El Mañana 
Y si estuviera enfermo, ¿me cuidarías hasta mi muerte, amigo?
y si nunca sanara, ¿verías mis ojos amarillos día tras día?,
cuando tu mujer mire cansada por la ventana,
me culparías de pasar demasiado tiempo con ella...
¿Recuerdas quién era el fuerte?
¿Recuerdas quién era el fuerte de los dos?
Uno de nosotros tenía cierto temor que lo paralizaba,
cierto temor que no recuerdo.
Uno de los dos tenía cierto amor imposible,
y ella fue a buscarme y lloró de desprecio,
fue a buscarte para decir que se iba y que no la buscaras,
partiría a un mundo en donde hay dinero fácil
si es que aceptas las reglas del juego,
si les das a todos lo que quieren
y lloras con ellos en sus corazones cada vez que lo hagan,
lloras de emoción como una artista en el escenario,
bebes hasta despertar con la mente en blanco y odiando el pasado...
Ese es el futuro inevitable, uno de los dos caerá antes
y no importa si luchamos o no
por encontrar la pasión de nuestras vidas,
la encontramos de todas formas, fue fulminante mientras duró.
Ese es el futuro inevitable, morir juntos como mártires,
o morir armados y condenados por el mundo,
como amigos del silencio traicionados por la espera del tiempo.



El silencio de los justos

Para salvarnos de una muerte indigna
debiera ser la última vez que te convenzo para hacer el amor
con la exasperación de las palabras que llevan a dos personas
a buscar sus rostros,
me aconsejó con el cariño y la desesperación
de un hijo agónico
el sacerdote al que acudía para ver sus garras originar
el resplandor reverberando en su mirada impenetrable
de traiciones y revoluciones negadas cada nueva centuria
en los golpes en los muros,
en nuestras sienes cautivas en el pudor y la resignación
de la rabiosa voz de la fe.
Creímos en el poder del canto de los honestos
redimiendo el frío cruel de las iglesias,
que la fuerza de los pechos de los sepultados
en el dolor del bien
está en la razón de las armas de los pobres,
escuchamos venir al océano mercante,
el misterio del alimento de las ratas,
la sotana que nos entregaba el cuerpo del crimen
donde llorar a los seres queridos
que aún nos hablan dolientes
en las cruces de nuestro trabajo diario.


Esta tarde te veías confundida y soñolienta,
habías esperado en vano la noche de mi suicidio,
el reencuentro con mi pronunciación aguardentosa
y con esa agresiva mujer recorriendo
los pasajes entre las lápidas
que se parecía a tu madre,
el amanecer luego de contarte el motivo
por el que agacho la cabeza entre el vigor de tus dedos
esperando ser arrebatado por los calabozos que insinúan
en las avenidas mal nombradas
las marcas humanas de los intentos de escape...
Diez años atrás, cuando aún era algo más joven que tú
sometidos en las rutas letales hacia la libertad
a la aflicción y la nostalgia del sexo en la calle
para correr a abandonar los derroteros
en las esquinas del agua de lluvia estancada
en donde detrás del ardor de la conciencia dormida,
en presencia de lo sagrado o derruido de la imagen
del inmolado ante el victimario
nos confiábamos las amenazas que nos habían hecho
quienes fueran nuestra gente
y ahora no podían recobrar la quietud obtenida
de la aceptación de la culpa
existente tras la esperanza de la crónica
de los encuentros en reclusión.


Diez años atrás cuando todo lo que tenías eran tus esculturas
apiladas en una bodega
demostrándote el arte contenido en los animales cansados,
cuando mis pensamientos
debían servir al principio que se esconde detrás de los objetos,
a los objetos de la memoria que tienen su propio olor.
Diez años atrás, cuando me hablabas de tu padre desaparecido,
exiliado por su afecto por el trabajo con la madera
y por los espíritus que descansan en los puños heridos
que persiguen las vetas.
Cuando te hablaba mi padre, el castigo de la vergüenza bastarda,
la angustia de lo divino, la caída de los elementos,
ese hombre sonriente, grave y sarcástico,
músico frustrado, jugador reprimido
que preparó su juventud levantando durmientes
de las estaciones de ferrocarriles; en ese entonces
te hubiera encontrado en mis vicios,
en el exilio de la infancia de la lírica cegadora de los barrios
hablando sedienta de los alaridos que escuchaste durante años
a los que nadie quiso acudir.

Sigo protegiendo la tierra que fue negada
por el miedo a las represalias,
las ideologías descartadas por el ansia
de descubrir el nombre de la bestia.
Los crucificados pronto nos dejarán
sus semblantes desdentados
esperando como luces en los palomares,
el aviso de los perros descontrolados
en la entrada de los templos
declamando sed y hambre
sin aceptar la gracia ni el perdón.
Deja que haga esa oración en donde nadie sobrevive
la belleza del final.
No sé si somos el alimento posible
o el susurro de la tiranía;
desaparecemos noche a noche
en la narrativa de nuestro siglo.
Veo las fieras atacar lo invisible
para luego agachar la cabeza y volver a sus rincones
impacientes por darle nombres y bailes nocturnos al deseo:
hay algo que envejeció en tu sonrisa
que delata la edad de tu ira
y los rasgos agazapados de tu ciudadanía
en donde se refleja la disputa de la sangre nueva
entre el deber y la venganza.

Siente mis brazos entre los cadáveres,
la ceniza en el borde del abismo
evocando los bosquejos del sufrimiento
de la ascendencia,
los aullidos de las cuencas subterráneas
grabando el testimonio consumado
en los portales alzados desde el barro.
Recuerda que soy un hombre enfermo
con los días contados,
estaré destruido en algún lugar del océano
donde mi rostro ya no tenga valor.
Continuarás buscando tus raíces
en la incierta mordacidad
de la lucidez de la paz:
he construido mi propia miseria
para conceder el crimen a la historia
en un arrebato cualquiera,
entiendo de la desolación en las expresiones
de los rapaces desvestidos que desde los pórticos
de los terrenos abandonados
en sus ojos enrojecidos y dilatados
cobran la claridad de los dioses cotidianos
bajo una frazada infestada y gélida
después del nocivo misticismo que la necesidad concibe
por unos momentos de cariño;
no puedo dejar de escuchar los lamentos
de los fieles cuando encuentran los milagros
en el castigo de las figuras envueltas en llamas;
la lealtad entre los esclavos;
recuerda el amarillo de la piel,
la serenidad después de que las heridas paraban de sangrar...

La solidez natural de la carne de las manos
será para los que cumplen el deber de enterrar
con su propia fuerza
a un amigo que fue su padre,
el perdón y la rebelión ante los secretos que forjaron
la forma de caminar,
la sonrisa de quienes te pueden traicionar y robar la vida
el agua argéntea del iris dañado,
de la ternura y de la piedad;
honra a tu madre, la fatiga de recordar tu nombre
hasta la adultez de los cuervos
que desprenden la carne de tu espalda.
El sudor bendijo las frentes de los refugiados
entre el sonido grave del viento en las plantas,
el fuego levantado por las crías respirando
la humedad encarnizada
en las llagas de los compañeros entumecidos
en el veneno de las polvaredas.

La esencia cálida del carbón en el viento
tocó la frente del condenado
antes del sonido de los disparos
rasgando la madera pálida donde el retrato del dictador
alecciona a las generaciones venideras
a mantener un férreo silencio
frente a la violación del prójimo
para ser dignos del llanto de los camposantos.
La sangre llenó la visión de la luz bajo cada roca,
las alas imaginarias de los terrenos devastados,
el ruedo del alma de las máquinas
impregnadas con el olor de los alimentos descompuestos
que las criaturas perseguidoras del sol de la frontera
cargan en sus consciencias.
La aurora del humo se inflama
y los que han sobrevivido observan sus cicatrices
como a imperios malditos que no desaparecerán;
la memoria es la mayor de las bestias.

El río y la enfermedad de mis venas
ofrezco para ser la rememoración
de la desgracia descubierta del padre
de los ilegítimos y sabios  hijos de las banderas negras,
confiarte la historia de los sitios
en los que pernocta el transeúnte rebelado
en el compromiso con la furia destruyendo
las imágenes de su pasado en cada delirio llorado,
el mundo de recuerdos reflejados por la pérdida de sangre
para entregar la descendencia del enigma de la voluntad propia,
los mitos que los guardianes de los límites enfrentan
en los orígenes de sus causas cuando empuñan sus armas.
El viaje al destierro significa resistirse a negar los hechos
que las apariciones del camino relatan,
vuelvo a comprender en la mutilación ritual
del ciclo del renacimiento
sus ingenuas y verdaderas revelaciones
cada vez que elijo responder
a las advertencias declamadas
a través de los creyentes de los reinos invisibles
para adentrarme en la inocencia y la violencia
de la tierra  a la que llegaron los conquistadores perdidos
en la niebla de las trazas de sus manos
destruyendo todo el nuevo mundo que abrían a su paso,
violando a las mujeres malheridas
intentando encontrar en los dibujos de sus ropas ultrajadas
sus corazones cruzados por las mismas armas construidas
para proteger la dignidad de la fragilidad terrenal
de la memoria perpetua de las guerrillas bajo las tormentas...


El hambre

Aunque ya hayas falsificado tu acta de defunción
volverás del océano para reposar la sangre sobre tierra firme.
De la tierra de los bolsillos
sólo se piden monedas,
de la tierra de los bolsillos
se hacen grandes cosas
para recordar las pequeñas
dispuestas a la luz del sol
rodeando el estómago desnudo
que podría haber sido
también el de una desconocida
que recostada en la tierra sobre su espalda manchada
miraba las nubes pidiéndote un sólo vehículo
para viajar hasta la muerte.
Volverás haciendo preguntas
sobre los vidrios rotos de tu casa
y de las huellas del cachorro
acomodado en la esquina de la cocina
bajo el calor de los ventanales recalentados
cuyas huellas confundiste primero con las de tus hijos veinte años atrás.

Si los encontraras ahora, de seguro que no te reconocerían.
Sólo verían a un tipo decente con la mirada confundida
quizás a minutos de comenzar a beber de nuevo,
y a patear los postes de teléfono.
De seguro me saludarían sin saber mi nombre, son buenos muchachos;
los mejores de su generación, sin duda.
Recuerdo con que precisión cuestionaban
las tareas que se les encomendaban,
y después salían a jugar riendo y burlándose
de lo que habían visto en la televisión.
Teníamos verdaderos amigos con los que salir a ver los relámpagos
con la esperanza inútil
de que alguna vez viéramos caer uno que iluminara
algún terreno baldío.
Respetábamos el sonido del trueno,
cada uno, yo creo que a su propia manera,
y con el mismo acuerdo de dedicarse unos segundos
para crear y decir una frase que describiera
el hambre insaciable por ver las imágenes de los ancestros
regresar de los rosarios que santifican nuestras camas...



El frío de la fe

La sangre en las fauces de la bestia, su memoria,
el hambre de ver en la oscuridad
la caída del niño poeta y la creación del alma del criminal
en esta gran avenida iluminada en la que los adolescentes y los viejos
sueñan su suerte cada nuevo siglo;
la niña pequeña concentrada en el sonido de los golpes
desde el otro lado de las almas de los muros
obligada a responder que es la mujer libre y culpable de no albergar
la violencia en su vientre como se interpreta desde los signos
de los finales de los imperios, por no ser la agradecida superviviente
para las jerarquías innombrables;
el habitante de la frontera que juró destruir la ciudad con sus manos
si no volvía a ver a los espíritus de sus hijos
anunciar algo que lo animara a alimentarse
como lo hizo el pasado amor a la inmortalidad
con la posibilidad de no ser un cuerpo de la guerra
y la certeza de que ningún líder poseyera la explosión de su muerte;
las historias de los niños asesinos que recordaron la ira esencial
del pacto obvio pero oculto del juego de sus hermanos
y que fueron callados con el trabajo letal de cavar las zanjas
que separan y distribuyen el veneno de los pueblos
se evocan para sentir la lejanía durante algunos minutos de paz.
Los hombres solos en los portales de las iglesias cerradas
no esperando por el inicio de la vida toman lo que les pertenece.
Se es más la ausencia de los seres queridos:
contemplo el débil resplandor y el filo del puñal,
los objetos mundanos en la penumbra son obvios y descifrables
habitables sin necesidad de la luz quizás por el resto de los años.

No relates la crueldad de tus orígenes, detrás de la compasión
siempre está el temor y el odio al animal herido.
Sus pupilas se dilatan ante las confesiones inevitables
del vapor que el pecho exhala, sus rodillas se quiebran
para pedir una hipótesis parricida que valga el peso de los dorsos marcados:
los demonios provienen de nuestra primera percepción de los astros
recordamos a los sepultados como gente que ha elegido no volver
después de la traición; los maestros enferman
olvidando las decisiones que relegaron a las generaciones jóvenes
a portar el peso extraño y propio de las armas blancas
en la seriedad de las horas del día que se abre.
-Toda nuestra fe para unos segundos de ciega calidez
en los que se pide por quienes forjaron nuestra miseria
con el fin de mantener el dolor en el fuego de los pómulos
entendiendo el llamado del sonido del metal de las cúpulas golpeado.
La derrota es una en nombre de los monstruos de la Historia,
de lo que siempre escondimos creyendo que llegaría el momento
en que seríamos recompensados por el tiempo de la inocencia.



Épica del invierno

En la escena de mi muerte, hijo, están los secretos de la naturaleza.
Sacude tus cadenas incitando al caos en las demás celdas, alza la camisa ensangrentada.
No entres al misterio a través de la desolación, con el engaño de ser criaturas diurnas.
Golpeen las tablas de los féretros del mundo extrañas esencias,
que el ángel despierte junto a los jóvenes hermanos marcados por las pestes.
No olviden el compromiso de la naturaleza lúgubre
con la libertad de la conciencia humana,
al animal en el sendero aprendiendo su lenguaje de los aullidos que lo atemorizan,
entregando su vida a la asfixia de la claridad en las verdades que lo encandilan.
Frotas el agua contra la herida pero la hemorragia no cede
en el sudor frío de los antiguos miedos,
sin el sentido de la noción erótica. 
Las mujeres golpeadas declaman, no podremos seguir viviendo sin justicia,
los hombres perdidos les acarician la espalda con vergüenza
pidiéndoles un lugar para recordar los crímenes de la infancia,
los caminos van abriendo caminos...
el reo cae asesinado y algo del exterior cercano a comprender la dignidad
que no se manifiesta solamente en el miedo propio a desaparecer,
nunca lo hace, y se consume en el pacto del país para sobrevivir
entre los himnos de otras naciones.
No te puedo probar mi inocencia porque en todo lo que hice siempre quise destruir lo que se me había enseñado
con el rumor entre los dientes sobre las traiciones que ahora nos definen.
Esperabas escuchar que yo era el asesino, que sólo podía llegar a comprender
el dolor ajeno y el mío propio en los calabozos, que lo necesitaba aunque no lo supiera,
luego sentirías mis facciones desvaneciéndose en tu vientre congelado
y correrías a delatarme.
Es imposible confiar en los animales heridos, en las lecciones benévolas
de las matanzas de los libros sagrados,
todo aquello encierra una historia que nunca acabará de ser cobrada,
las pocas revelaciones que tenemos en nuestras vidas jamás podremos compartirlas
sin la precisión agotadora de la violencia
y sabemos con franco sufrimiento que de una manera que sólo el cuerpo
expresa en la oscuridad
añoramos las paredes húmedas de las celdas
que dejaron caer sus semillas en el agua estancada para la hierba letal sobre la que creamos
el mito cruel de las leyes de la naturaleza:
cuidando a la que tomamos por nuestra cría
dejamos los refugios porque ya no hay razón
para agonizar lejos de los gritos de la gente...


Todo vuelve a los centros de las ciudades



I


Regresamos avergonzados al mito de los libros sagrados
en búsqueda del frío para renegar la existencia de la vida.
Permanezco ante los monumentos y los lúcidos insultos
que los hombres atormentados les profieren.
En una sola mirada de frente y con calmo desprecio
advierten el comienzo de un nuevo día de espectros
en las paredes de la belleza,
el corazón animal develado por la sucia tensión
del hielo manchado con lo carnal
exhibiendo el mapa de sangre para las frágiles criaturas
que han sabido alimentarse y crecer desde la tierra,
el frío de los templos en el cuerpo de la adolescente
que espera hasta tarde
por la pureza de las ciudades en llamas
remanentes bajo las ropas disueltas de los ahogados.
Mientras los Observadores pronuncian
sus nombres en el Círculo
robemos lo necesario del reflejo del revólver
y la mano que lo empuña
para pregonar el nombre de la peste
entre los surcos naturales de la piedra
en las facciones esculpidas
del dios único:
el dios de la guerra. 


II



Los habitáculos consumidos por incendios finales
motivados desde la cíclica enfermedad en la misión mesiánica
de destruir la voluntad de la palabra registrada
que después no tuvo ninguna importancia
al ser reproducida con sarcasmo frente al público,
habitados hoy con la delicada angustia en la expresión de las prostitutas,
por generaciones de extranjeros sobreviviendo por la vitalidad para hablar de su patria
con la radio que repite como en todo el mundo secreto y tangible
que debemos protegernos de las agresiones del clima,
rodean al balcón presidencial impenetrable desde las alturas históricas de la sangre
vertida y diseminada en los rasgos que se habrán de convertir
en las ilusiones uterinas de las raíces de la vergüenza.

Grito y sé que me llevarán hacia un lugar que mis captores tampoco saben qué es:
Antiguo asesino, todo ese tiempo en aquel sitio
cumpliendo las que declaras en el presente órdenes tristes y violentas
propias de un compromiso íntimo y mayor con el ruido de los horizontes de las épocas,
si es así como ocurrió frente a la severa visión de los huérfanos
que sólo aspiran el frío de la presencia de los hechos, 
si no eres más que un bastardo que no supo aceptar su dignidad
y eligió completar su nombre cumpliendo el último favor
para un cuerpo disuelto en las amenazas de las marcas de las sepulturas
que oran las promesas de colonización
sobre la tierra de los velos hechos para ser rasgados,
¿no envejeciste más ciego y sediento?
No te atreves a cerrar los ojos para sellar la oscuridad
y sentir las costillas de su espalda congelada, roída y suave
como el plástico de los juguetes de sus hijos  
sabiendo que su madre jamás querría que presenciaran tu asesinato
¿o sabes que los niños pueden clavar una daga más destructiva y segura
en la presencia cruda de su vida casi sin recuerdos?
Ni siquiera de lo que hay en tus bolsillos pudiste liberarte,
para ellas, las únicas almas que pueden explicar
el motivo de la existencia de las ciudades
por su honesta humildad ante el entendimiento del dinero
como gastados cartones con el poder
de dar la orden momentánea de no disparar
cuando se decide no creer en los gestos del animal
que habita en las sombras del animal,
ni siquiera con ellas pudiste descansar
en la certeza de la fragilidad ajena.


No quieres dejar de insistir en la sumisión
a la traición natural de los compromisos con los terrores arcaicos,
como si alguien escuchara desde los altares de los pactos...
No debo creer en el misticismo
para obligarte a reconocer con el tacto los rostros en las paredes.
Como el más débil y descubierto entre los dos
te exijo que te deshagas del uniforme
y camines descalzo a través de los gritos de los siglos.
Se el sol negro y consúmete en el fulgor de las criaturas en el cieno.




III



Si los Monstruos de la Historia no prevalecen,
si logra enclaustrar la ultraviolencia del dios único
el vocablo de los rapaces que escaparon de la esclavitud
para ser devorados por los parásitos ocultos en el diafragma de los cristales
del sueño profundo y cansado, 
entonces quién será capaz de mantenerse
sin arder en la inocencia fingida de la belleza natural


para grabar en los murallones metálicos del caos
los trazos afilados 
de la humanidad reciente, oceánica, desarmada y peligrosa
en los brazos de las bestias.


He vendido mi cuerpo por el hambre también yo
por cuarenta, cincuenta manchadas, traidoras razones
despojadas desde la humillación de los cortes en los pies
de los erguidos y solemnes oyentes
intentando no demostrar conocer a la persona anunciada públicamente
como el dueño del arma exhibida y de una terrible enfermedad
invisible y cierta como la justicia social
en los rasgos del cadáver del padre envestido
con el humo amarillo y adictivo del traje gris del que siempre temió
que se transformara en la última figura de la expresión de su desnudo,
en el mineral lacerante de los ritos;
eso es lo que valgo en el lugar en el que nací
y no me importa mi valor ni la vengativa desilusión de los maestros
porque jamás venderé la historia de mi hambre.
 
Necesito incendiar el imperio, ver la estructura metálica exhibida
candente, impredecible...
sé que no soy el único, por eso los demonios existen
en la madera negra del hambre de las familias emigrantes
y son la proyección de nuestra sensatez,
de la piedad que devela el oxígeno enrojecido de la medianía de las eras
hacia la voluntad para reconocer el brillo de la excitación del mundo concreto
del que nos hablan las luces de nuestra mente
en los momentos que contemplamos los espacios abiertos
inconquistables y desangrados por los túneles subterráneos
en los que se inició, tras el derrumbe que sepultó al hermano más pequeño,
el remordimiento de las castas-,
vestigios inculpados del entendimiento de otros tiempos sacrificados
y revividos en la rebeldía por los herederos del rito encarnizado.
Soy un asesino, eso es todo lo que recuerdo desde mi nacimiento,
y como tal, desde mi fe,

encontraré el camino de regreso hacia los pechos inmolados y etéreos
envueltos en las banderas rojas;


ya lo he visto en la luz del conjunto de todos los vicios.



No te levantes hacia la luz


No vayas hacia la matriz de la ternura.
No te levantes hacia la luz
de la evocación
en la Fe del Todo.
Mantén el rostro amenazante
en la dignidad de la Venganza
para que la inocencia sea obvia
ante quienes han vivido contigo
aquellos tres segundos indivisibles
de la cruz en llamas en los murallones.
No te levantes hacia la luz ahora,
ya hace mucho antes de la caída
habías recibido la pronunciación de la profunda quebrada
en la libertad de las pesadillas,
la redención del espectro salvaje
en el rostro del niño del pecho partido,
la prima trashumancia en la vertiente de lo indígena y lo sacro.
Cada nuevo siglo pedimos perdón


por lo hecho por nuestros antepasados


a quienes eligieron
no confinar hacia el murmullo herido
de los símbolos ocultistas
la necesidad de golpear contra las bestias de los vitrales
y fueron expuestos
en el diagrama del cinismo
del sello público
como las facciones bifurcadas del origen
ante el que nos inclinamos,
pedimos perdón por lo hecho
por nuestros antepasados a nuestros antepasados,
por las amenazas pregonadas desde las cúpulas
que nos aleccionan en el presente
con la excusa del aviso de lo increado
en los antiguos restos.
Cada nuevo siglo, en el terror
del vértigo de la presencia
castigamos a quienes se convertirán
en la imagen del demonio y la sabiduría,
la materia de la reflexión
del indigente que mira receloso la desconfianza
con la que fingen contemplarlo,
el deber con el que lo buscan
para golpearlo y exhibirlo públicamente
en nombre de la gracia del camino
que traza su cuerpo magullado. 

Mi nombre es el que quienes me recibieron
me asignaron, por ignorancia o esperanza
para poder mirar a los otros
sin vergüenza de lo que soy,
o para que lo quemara vestido de negro
en una pira nocturna
entre los ladridos de los perros atemorizados:

quédate con ellos
que han manchado sus manos de sangre
por replicar tus palabras
en los círculos de la miseria;
que te han llamado Errante
para guiar tu regreso
desde la jerga convulsa
de la justicia humana…

La lluvia pega
en los rostros cansados
de la manada.




REVISTA LA IRA DE MORFEO
http://revistalairademorfeo.net
COLECTIVO RÍO NEGRO


Javier Flores Letelier

Todos os direitos autorais reservados ao autor.

 Material enviado Raúl Allain  

Raúl Allain es Presidente del Instituto Peruano de la Juventud (IPJ) y codirector del sello independiente Río Negro.



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